Bici-Club Valencia
inicio

Hoya de Buñol

Fuente de La Vallesa (Siete Aguas)
11:05 A.M. de un soleado día de Abril de 2000 ; el último de dicho mes, para más señas. Animados por el brillo que el azul celeste impregna sobre nuestras duras cabezas y el enjambre de rocosa vegetación que resbala por las laderas quejumbrosas, vamos ascendiendo, hacia las romas cumbres que coronan las alturas, como pájaros alados inmersos en el ojo de un huracán inesperado: arrastrándonos por el duro y ardiente asfalto, con el corazón "saltándonos de júbilo" en el pecho y con los pulmones parcheados a punto de reventar. No, la cosa no tiene buena cara...
Tras sucesivos y contínuos giros a diestro y siniestro, vamos viendo acrecentarse, como nuestra fatiga tortuosa, un aeropuerto, dormido en la lejanía de la aplanada cima, rodeado de alambradas y dominado por una minúscula torre de control, cual un parásito entronado en su sitial, esperándonos con ánsia viperina.
Los desniveles son repentinos y repetidos, con escasos descansos, y de nuestra respiración brota una ronca y conocida melodía canina, en tono de sufrimiento gratuito, como pago por nuestras maldades mal curadas.
Mosquitos, y otras especies de peor linaje, nos asedian, como penitencia añadida.
Zumban insistentes detrás de nuestras orejas o delante de nuestros ojos, par de narices y boca de metro.
Al fin, llegados a la frontera con las nubes rastreras, rodeamos, de izquierda a derecha, el contorno de aterrizaje de cuatrimotores panzudos y helicópteros de ala ancha; yendo a salir a un paraje de toboganes más asequible, con subidas aletargadas y descensos vertiginosos.
Tras mucho merodear por los cerros, nos topamos con un verdadero remanso para el descanso, con árboles acogedores y fuente de finas hierbas: la de la Vallesa, lugar más que idóneo para reposar, orientarnos y reabastecernos de "combustible".
Alentados por nuestros sufridos estómagos, damos, prioritariamente, merecida cuenta de nuestras escasas provisiones (que más parecen migajas en un océano de profundidades abismales).
Las vaporosas aguas que surgen del caño y caen al pilón, ayudan a disolver las rumiadas porciones (ingeridas más por absorción que por los mordiscos desesperados de nuestras dormidas y pastosas fauces) y nos refrescan agradablemente... ¡Qué tragos!
Después de dar al monte lo que del monte es, y charlar con los excursionistas de a cuatro patas (ruedas), allí reunidos bajo cañas y teja, en sus cómodas poltronas, con sus abundantes manjares, sobre nuestras distancias y locuras, vamos retrocediendo, disimuladamente, hacia las burras metálicas de nuestra propiedad, para no caer en la tentación del asalto a dentelladas (por desmayo, pues el tufillo que nos horada las entrañas por vía nasal... ¡es de aúpa!).
Un colega, de gordas ruedas él, aquí presente, nos informa del estado de las carreteras: Resulta que, por dos o tres kilómetros de firme pedregoso e infame, no podemos acceder a la Marjana, en dirección a Gestalgar, so pena de tener que andarlo como los patos de McDonald's. Como tal perspectiva no nos apetece, en mayor o menor grado, inevitablemente, tendremos que retornar por el mismo cauce; cosa que no deseamos demorar más: Adiós, que te vaya bien, colega.
Treinta minutos, menos diez segundos, ha durado nuestra presencia en estas tranquilas aguas.
Alentados por la brisa de las cumbres, desandamos lo andado, alegremente, con el ánimo en alza. Hasta el helipuerto el avance es mucho más llevadero ahora, aunque las saetas del reloj consumen las mismas calorías por gramo.
Desde allí, que ahora semeja un campo de concentración de águilas carroñeras, a Siete Aguas, los frenos gruñen desesperados, para evitar que nos precipitemos de cabeza en alguna de las muchas simas pedregosas de uno u otro lado de la desbocada carretera. Las manos nos duelen y el cuerpo se nos tensa como una ballesta.. Curvas y curvas...
Al fin, ya con los hombros desencajados, tras nueve minutos de descenso con los cinturones abrochados al máximo, como si de un parto seco se tratara, entramos como balas en la eminente población, que nos acoge con un suspiro-succión que nos alivia de los pesares líbremente soportados por nuestra inhumana condición de ciclistas empedernidos y rebeldes. Dios nos cría inocentes perdidos para que sucumbamos víctimas de nuestro propio y fatuo fuego.
Son las 12:32 P.M., sin novedad en la frente sudorosa, volvemos a Valencia, nos queda pan comido...

Diego Tórtola

El Collado de Umán (Buñol)
Ignoro qué bicho nos picó, pero fue vernos en Buñol y no supimos sustraernos a los devaneos de la montaña. Por cuyo motivo retrocedimos ciegamente por la carretera de Macastre, buscando la Avenida de Andorra (de pendiente negativa), y cruzamos, sin pensárnoslo dos veces, el puente del final de la misma, sobre el Rio Buñol (que viene dando leña por el Barranco de Candel), atacando la carretera de la izquierda, que parece una escalera de tijera emboscándose en la maleza.
Partimos de una altitud de 320 m., cosa que anotamos en nuestro cuaderno de bitácora antes de caracolear trabajosamente por las duras rampas de La Serrana (506 m. de altitud), cuyo porcentaje de participación en nuestros sudores fríos varía entre el 7 y el 12% de desnivel.
Durante la ascensión jadeante, más conocida como subida a Rio Juanes (cima que se encuentra a continuación y que es 40 metros más elevada), pudimos apreciar, en perspectiva caballera de ruedas de molino, bajo y frente a nuestra cuneta arbolada:
a) En primera plana, Buñol, desparramado de alto en bajo; con la cementera prominente como símbolo de la pasta de la que está hecho. El Castillo, polvoriento y sombrío, sobre un montículo liviano, casi imperceptible, camuflado por las numerosas edificaciones antiguas y modernas (casas, fincas, naves...). No debe confundirse con los restos de la ciudadela mora, menos surtida de carbono-14.
b) Al fondo del ojo, tras observación detenida, el Viaducto, diminuto en la lejanía, con su hormigueante tráfico de estupefactos vehículos a motor, sostenido en brazos de sus armadas columnas de fans incondicionales y robustas.
c) Cara a cara, y traviesa la vista, el camino de la serpiente de hierro, con algún túnel tenebroso por donde entra y sale cuando le apetece, bajo el Alto de Jorge (el dragón domina y amenaza el Viaducto con sus lenguas de fuego, como es de suponer).
* * * *
Doy, a continuación, unas breves instrucciones de uso, para el que quiera imitar o conocer nuestra expedición al Collado de Umán:
Hay que seguir siempre, evidentemente, los indicadores que lo mencionen específicamente, sin pretender hacer la vista gorda.
Al llegar a los 500 m. de altitud hay que procurar evitar el desvío indocumentado de la empinada derecha (a pesar de que entra a saco en soto y monte, bajo sombras acaudaladas y discretas). Pronto veremos el que buscamos, bien señalizado: Collado de Umán, 14 kilómetros.
No sé si será por la influencia de la Sierra de la Malacara, pero toda esta zona que voy a describir es muy triste, en general, y umbrosa; sobre todo en la parte de bosque vetusto, donde las sombras se retuercen bajo las ramas entrelazadas, que claman por una menor restricción de rayos solares. No vamos a encontrar aquí el antídoto
contra la melancolía, desde luego. Las escasas unidades de árboles, en grupos forestales aislados, no suelen obstaculizar la visión del bosque al que pertenecen, salvo
excepciones que confirman la vara de los injertos.
Algunas veces desfilaremos bajo la permanente, en arco de gálibo, de las copas de los árboles laterales, en estado de coma profundo (ni nos miran), aferrados a su trompa fijadora de raíces y puntas. ¡Si es que duermen como troncos!
La carretera es ceñida, con tramos en los que suelen pintar sus tonos extrañas coloraciones epidérmicas; algunos soportan crepitante arenilla, arrancada de su propia corteza porosa por ruedas más potentes y morrocotudas que las nuestras de siete suelas estiradas.
Cada cerro es como el eslabón de una cadena de buñuelos que surgen laterales por ambas bandas del campo visual. Un campo que, dicho sea de paso, es inculto en su mayor parte; pues no permite, por su mala inclinación, la implantación de cultivos y labores agrícolas. Suele dominar el erial, con abundancia de matorrales. A pesar de ello, esta carretera se la reparten Buñol y Yátova (que ha tomado de buena gana los gajos de tierra más aprovechables, desde el Km. 0,3 al 6,1, más o
menos), como buenos amigos.
El primer kilómetro, que comienza en descenso, se inicia a una altitud de 520 m. y parece como si nos transportara, por un pasadizo secreto, a una tierra reservada, amortajada de vegetación y fincas arcaicas dispersas (adornadas de campánulas), como un desfiladero de andar por casa en pantuflas, con el periódico de ayer en el bolsillo de hoy.
A la derecha está el Cerro de la Cruz, arrojado desde un 600 y atornillado firmemente al subsuelo con pernos de acero; por la izquierda se asoman tímidamente Rio Juanes (546 m.), con sus baños de multitudes, y la Loma Ferruz (529 m.), cuya cara me suena del cuento de Caperucita.
Hay fincas ajardinadas, abundancia de árboles soñolientos y vegetación entretenida y rocambolesca.
Antes de agotarse los 1000 metros disponibles, ha de cruzarse discretamente sobre la resultante de los últimos coletazos del Barranco de Cañalarga. No pasa nada, hay más.
Segundo kilómetro. A la derecha sigue en cuclillas el Cerro de la Cruz, rezando el rosario de la aurora; por la izquierda, Rio Juanes y la Loma Ferruz, son seguidas por las Herraturas (560 m.), que posiblemente son las patas levantadas del anterior; bajo las cuales, tras recibir una 'aportación', normalmente seca (pues recoge los sudores originados en las asambleas de la Junta de las Sendas), por su margen izquierda (nuestra derecha), pronto veremos la rambla de Bosna.
Tercer kilómetro. A la derecha irán tomando cuerpo la Junta de las Sendas, en pleno debate, la Pichera (por si asomara demasiado, antes del Km. 3 hay una carretera, que retrocede en dirección a Yátova, que ataja una barbaridad), el Barranco de la Pichera, la Loma Ortiz (con dos madalenas rellenas) y su barranco. De ambos despeñaderos, como ingles, durante los orgasmos tempestuosos, se beneficia la rambla de Bosna, que transita por nuestra izquierda, en paralelo, y que es usada por la Herrada (637 y 658 m.) de lavapiés, para borrar sus huellas y conservar la cabeza caliente mientras mira de reojo a su peligrosa y astuta vecina.
Rígidos olivos y almendros, con sus cortezas entumecidas y cuarteadas, de ramas retorcidas, parecen cadáveres de un mausoleo a la intemperie. Los arbustos de adelfas, en cambio, están en su mejor momento de lozanía, aunque no luzcan sus flores en esta época otoñal.
Cuarto kilómetro. A la derecha, la censura se cernirá sobre la Loma de Ortiz y otros entes no permitidos y avistaremos el Alto de Chafarranas. A la izquierda seguiremos viendo, en paralelo desconocido, la rambla de Bosna y La Herrada (ahora con su plana cresta de 675 m.), que cabalga de nuevo por sus seguras orillas, salpicando gotas y ranas saltarinas (huidas del otro lado).
A través del leve murmullo del agua, surgen brotes de cañas y cabezas de batracios, confundidos y camuflados entre el discreto follaje acuático, herboso de envidia por sus malos reflejos y oscuros matices.
Algún pajarillo dictando su pi, pi, suele rasgar armoniosamente el silencio tenebroso, con sus infinitos decimales acústicos entonando el aire entre tibio y enrarecido.
Quinto kilómetro. A la derecha seguiremos viendo el Alto de Chafarranas (con el permiso de conducir retirado). Por la izquierda, dará a conocer sus gracias el Barranco de Peñuelas, desfilando por la pasarela con la elegancia de toda una Dama promocionada; la cual dará paso a Los Cuchillos (664 m.), dispuestos a diseccionar a las víctimas
del lado contrario y lanzarse sobre la, todavía, paralela rambla de Bosna, para limpiarse de culpas y remordimientos ajenos (al comienzo de la partida escoltaban a su Rey y a su Dama, como dos guardias civiles en un funeral).
Es edificante la naturaleza de las rocas asimiladas por algunos cimientos de fincas rústicas, aderezadas con muros de interpretación humana, en una amalgama de construcción rudimentaria y laboriosa.
Sexto kilómetro. Aquí la rambla de Bosna se vuelve de derechas, pues se ha visto obligada a 'enroscarse', a pesar de ser Dama neutral; pues, tras el barranquillo de Requenella, pesaba sobre ella la seductora amenaza de El Jaque (700 m.); que así, teniéndola a su merced, rinde clamoroso tributo a su belleza, con gran dispendio de saliva en su disparidad de retruécanos a flor de labio partido.
A la izquierda se acaba el filo de Los Cuchillos y aparece, caballito que camina, La Herradilla (633 m.), taponando como puede a su barrancosa Dama de Las Peñuelas (que le rasca las espaldas con sus uñas afiladas, para recordarle que debe protegerla de Las Umbrías enemigas), en combinación transparente e inteligente,.
Séptimo kilómetro. A partir de los 100 m. volveremos a pisar territorio de Buñol. A la derecha se despliegan los descolgamientos y despeñaderos, como churros, del Barranco de Molondango, bajo el mando del general Cañalarga (que no deja de buscar las tablas); a la izquierda, en el Km. 6.6, está la "Fuente de la Condesa. Unidad
Forestal", con madera suficiente para avivar los rescoldos más apagados.
La rambla de Bosna, que la nutre, transita paralela a nosotros y su entorno recreativo; en el cual cohabitan diversas especies de árboles muy jóvenes y bebedores, cuya frágil hojarasca se explaya aburridamente en su rama, aireada por la brisa temblorosa, con los bigotes puntiagudos atusados con gran prosopopeya.
Plantas y arbustos, más o menos hídricos e hipócritas, se reparten con encono el resto del escaso pastel liquido desparramado, como buitres de agua dulce.
Desde todos los ángulos de la mirada, el sol diríase envuelto en telarañas de irisado terciopelo imaginario. Libélulas libertinas suelen rondar por sus trochas cubiertas de manto vegetal y musgo. Es un lugar tranquilo y apaciblemente sereno.
Octavo kilómetro. A la derecha sigue dando que hablar el Molondango, al que ya amenaza la profunda diagonal del Barranco del Tollo. A la izquierda sigue tentándonos el área recreativa de La Condesa, con sus parques de ocio, alamedas y paseos al aire libre, verdaderas trampas para los incautos peones teledirigidos.
A nuestra mirada escrutadora no escaparán los estereotipados foros de álamos benditos con sus lisos troncos de ramas farfullantes, junto al cauce de la rambla herbosa, más o menos embarrancada, que transita en dirección contraria a nuestro avance. A la altura del Km. 7.7, comienza a alejarse de nosotros, por no saber estar a nuestra altura.
Nuestros nervudos amigos, ataviados con su sobretodo pardo, procesan las texturas de sus calculadas hojas (con cientos de celdillas de clorofila), por medio de su Sistema Operativo Windows Sun Light.
Nos miran alegres tras la máscara imperturbable de su rostro encorchado, transmitiéndonos el acumulado susurro de sus hojas temblorosas (como chisporroteo embriagador de burbujas de cava).
Noveno kilómetro. A la derecha impera el Barranco del Tollo desde su alejado alto trono (916 m.). A la izquierda, La Condesa (757 m.) muestra su ardoroso montículo a la Rambla de Bosna, atrayéndola a sus contornos horadados y separándola de nosotros. Antes de llegar al Km. 9, alcanzaremos los 700 m., a tanto alzado.
Hablando de La Condesa, ahora que podemos, diré que está forrada de bienes raíces, fruto del blanqueo de su pecuaria fortuna (de alegre juventud). También tiene acumulado mucho crédito taurino, al haber sabido lidiar con éxito las muchas embestidas del Bosna, sin que éste haya dicho aún su última palabra y esté ahora susurrándole engañosas palabras de amor a través de sus campanillas auditivas.
Kilómetro décimo. A la derecha choca la Sierra de la Estrella con la de la Malacara (que va imponiendo su severidad y su pesimismo).
Por el Km. 9,5, aparecen las Casas de Yegüeros (720 m. de altitud), a los pies planos del barranco y alto del mismo nombre. Allí hay árboles que parecen haber deshojado la margarita. En verdad que se asemeja al patio del Aquelarre (no el patio de aquel arre, añorado por los cardos borriqueros, que años ha era uncido ceremoniosamente y que murió en el paro de la industrialización agrícola). Entre todas sus casas blancas, rodeadas por un muro de piedra de baja altura, alardea la cuenca vacía de una espadaña de medio punto, sin campanas ni redobles. Sólo se oye el ladrido de los perros encadenados. La verja de hierro de la entrada es negra y siniestramente tenebrosa, guardada por el cancerbero de las tinieblas (señal inequívoca de que las torres y caballos blancos están secuestrados por el rey negro).
A la izquierda, La Condesa va perdiendo sus encantos y la Rambla de Bosna comienza a aproximársenos de nuevo, solapadamente.
Acabaremos este kilómetro a 700 m. de altitud, tal como comenzó, pero las cosas ya no serán igual a partir de ahora, pues ya estamos curtidos en desengaños.
Kilómetro undécimo. A la derecha, el Barranco del Perro va mostrando sus dientes, en detrimento del de Yegüeros que se va quedando atrás por su inmovilidad carcelaria. Los altos de ambos entrechocan la pata, en brindis de vaporosas copas (de 1017 y 1032 grados, respectivamente), en una alianza contranatura.
A la izquierda, La Condesa, totalmente desvanecida, acaba perdiendo su buen nombre; y la Rambla de Bosna vuelve a transitar cerca de nosotros, lamiéndonos el forro de la capa, arrepentida de su leve falta de cariño.
Con sus antenas de espectro solar en plena recepción de noticias calientes, las flores ninfómanas se ofrecen en bandeja multicolor a insectos, mariposas y abejas. En los altos y en los hondos, encontraremos muchas piedras enormes y rodadas, eructadas de la faz de la montaña encanecida por su boca cariada de afectos de raigambre.
Kilómetro duodécimo. A la derecha se impone El Perro, cuyo rabo ondea a 1066 metros de altura, sostenido por una avanzadilla de cuatro peones negros (no eunucos precisamente), para vindicar su dominio territorial. Su profundo y huesudo barranco se desparrama sin un ladrido (hoy porque no llueve, que si no...), pedregoso, con rábia
contenida por la mordaza encasquillada, furibundo de escozor.
A la izquierda están las Pardenillas (785 m.), emigradas del Perro, picando las espaldas de la fila de casillas asentadas en la loma ascendente (de 760 a 840 m., en este kilómetro), poblada de vegetación rala y espinosa, de cerros romos, surtida en carencias de todo tipo y dominada, allá desde su estratégica posición al borde del inclinado
tablero, por la torre de comunicaciones del Penellas; y la Rambla de Bosna, todavía jugueteando con nosotros para que la perdonemos y nos la vuelva a jugar; aunque su escurrida corriente acuática se reserva las mejores galas para los días más precipitados y tormentosos.
Kilómetro décimotercero. A la derecha se abre La Nevera (Dama Blanca de 1118 frigorías por m2), con su estómago repleto de fichas del bando enemigo (muertas por su glotonería o por su deseo desenfrenado) y, en bandeja de plata, todos los gambitos de su repertorio táctico.
Por la zurda, a una distancia semejante, aguarda el Collado del Cantal mañanero (alfil tapado), obstaculizado por los escaques contrarios, próximos a la casilla-guarida del Penellas (cuya descendencia se mantiene en vilo con los 840 m. de dote conyugal); la rambla de Bosna sigue con nosotros, pero cada vez más en carne viva.
Las dispersas ramificaciones de pinos retoños dan lustre al monte; pero muchos cachorros tienen la desgracia de tener que codearse con yonquis y "camellos" y acaban con la cánula multipunzante clavada en su almidonada corteza cerebral, en un círculo vicioso de adormecimiento y drogodependencia de cola de resina ámbar, con profundas "hojeras" mermando sus ramas. La pérdida de piñones agudiza su rápida decrepitud transida.
Como contrapartida, de pie, sobre sus cuerpos de pino macizo, con sus conciliábulos en voz baja, hermosas hembras repujadas y coquetas, con sus mantillas y tocados, ensimismadas en sus labores de punto de aguja, van tejiendo pacientemente nuevas yemas en sus brazos plenos de verdor, ajenas al drama de sus congéneres menos afortunados.
Kilómetro décimocuarto y último. Es todo ligeramente empinado. A la derecha, el Collado de Maricardete lame las puertas de La Nevera, ¡vete tú a saber con qué intenciones!
A la izquierda, como para no saber lo que es bueno, La Peña Lisa (821 m.) está impedida de movimientos por El Penellas (945 m., con antena de teléfono y radio), que, además, tapa las orejas del Cerro del Asno para que no se entere de nada, calle la boca y no salte del tablero. La casilla del Pintado es testigo ocular impotente.
La carretera concluye a 812 m. de altitud, en una bifurcación de caminos: El de la derecha se dirige, rumbo Norte, a la A3. El de la izquierda, según el cartel indicador, baja a Fuente Umbría, a 2 Kms., y Las Moratillas (Aula de la Naturaleza), a 4 Kms, con bastantes madroños en su haber y alegres ardillas laboristas.
Como véis, llegado el momento cumbre quedaremos interruptus, con el consiguiente disgusto, pese a tener la zurda bien protegida: La continuación, muy tentadora, está condenada al fracaso, pues ha de ser por caminos polvorientos, cosa que aterra a nuestra complaciente burra (que bastante tiene ya con saciar nuestras caprichosas fogosidades).
Esta pequeña explanada sin abismos, bajo mi punto de vista, en la que concluye la feroz civilización, que urde su próxima movida, es el Collado de Umán, adormilado caballo tizón novel (usa la 'L' en sus desplazamientos a salto de mata).
Contrasta su apagada chimenea, oscura de humus (¿habemus Papa?), con la Nevera ("no frost"), cuyas lágrimas de rocío propician el nacimiento de la, tantas veces mencionada, rambla de Bosna; y el Alto de Cantacucos (991 m.), en la frontal derecha del área de castigo, resplandeciente de luminosidad (sí son cucos, sí, que mientras la
Nevera paga sus diezmos, escrupulosamente, por usar la línea de alta tensión, ellos chupan gratis toda la luz que derrochan alegremente).
Al Suroeste está el Rincón del Retamar (958 m.), sin alardes, algo pálido ya en esta época del año.
Frente a nosotros, una senda alfombrada de hojarasca y espigas secas, enfilada por un contingente de esqueléticos árboles caducados, conduce a la casa de los tres cerditos gruñones, metafóricamente hablando.
Por mucho que miremos, no veremos más allá de algo parecido a las narices de la "rama de las camelias"; e, incomprensiblemente, no veremos a "Alejandro Dumán". También parece asombroso que no se vea un alma humana. ¡Y encima se dejan la Nevera abierta!
Después de contemplar plácidamente el panorama, giraremos en redondo y nos daremos humo; retornando a nuestros palomares, disfrutando del suave descenso pocas veces estorbado; las más de las veces por alguna curva salida de sus casillas.
Estemos atentos para dar el santo y seña, en cualquier momento, a la división de cipreses, en edad escolar, que guarda, con sus gálbulas esféricas como arma arrojadiza de su propio cuerpo contundente, los restos óseos de todas las partidas entabladas.
Salvado este escollo, seguro que, además, habremos visto pocos tigres achatarrados; tal vez, alguno, con el salpicadero humedecido de saliva, rebosante de colmillos de nicotina; con sus uñas de caucho arañando el asfalto y sus grandes ojos de buey inyectados de whisky y brandy.
Cuando el Km. 0, señalado en el tablón de anuncios, nos escupa al otro lado, tendremos que procurar cuidarnos el esmalte de las garras, ya que las fuertes rampas propician un aceleramiento desmedido de la velocidad de crucero. Las ampollas levantadas en el asfalto por las fieras del zoo del tráfico de hidrocarburos, aumentan el peligro.
Si seguimos cautamente el curso natural de los acontecimientos, reentraremos en Buñol por la Fuente de San Luis; y esta aventura habrá acabado, espero, muy satisfactoriamente para todos los implicados.

Notas: Las medidas de ascensión, aunque su mujer se llama Pilar, han sido facilitadas por J.M.Puertes (que tiene muy buena mano en el asunto); el teléfono, en cambio, no ha sido posible hacérselo cantar.
Por último, el territorio descrito se reserva su derecho a cambiar, sin previo aviso, las condiciones estipuladas.


Diego Tórtola