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El Llano de Utiel

El Tochar (Venta del Moro)
El Tochar es una enorme (con cientos de hectáreas) y afortunada Finca rústica, de propiedad privada, cercada por vallas metálicas en todo su perímetro y con dos pórticos de blancos muros en los puntos en que es atravesada por la carretera comarcal, libre de peaje, que la recorre de Este a Oeste, durante 6 Kms., hasta comunicar con el río Cabriel, y que permanecen abiertos todo el día (lo que proporciona una buena ventilación interior).
En su lugar, unos fosos cubiertos con una especie de barrotes cruzados, como de vías de tren, facilitan el paso de los vehículos e impiden que la fauna salvaje acogida pueda emigrar a otros países de la CEE (sólo se permite envasado al vacío y con denominación de origen).
En el centro de este latifundio hay una explanada con una plaza con fuentes, jardines y edificaciones a su alrededor (incluido surtidor de gasolina propio), desde donde se organizan las partidas de caza mayor a las que suelen ser invitadas relevantes personalidades del País (con mayúsculas).
Salvo en tales ocasiones, en los confines de este "rancho" se desarrollan plácidamente el ciervo (cervatus areniscus), el jabalí (vampirinus salatus), el puerco espín (pelisserdus porcus), la liebre (cunniatus penibéticus), la perdiz (jucarina lagunera), etc. Para tratar de observarlos en sus correrías, hay que adentrarse en estos territorios en las primeras horas de la mañana, cuando el sol apenas asoma su frente por el horizonte; que es cuando patean la dura pista en busca de desperdicios, suciedades y rastros humanos.
En cuanto al terreno, está muy bien conservado, a pesar de las arrugas; sobre todo donde no permite la implantación de cultivos por su dificultad orográfica. Los pinos, muy abundantes, surgen incluso en los más intrincados recovecos. La vegetación silvestre es rica y variada: romero (rosmerinus carmelinus), tomillo (thonninus fornarinus), manzanilla (manzannus cassinus), espliego (benadormirnus abanicandonus), esparto (maluspelus casparinus); por citar sólo algunas de las pocas y más útiles especies que conozco, libres de impuestos.
Venta del Moro es el punto de partida, o de paso, más idóneo para visitar tan apartado como interesante rincón, situado a tan solo 14 Kms. de distancia, al Oeste. Tras habernos sacudido el polvo de nuestras calas, nos dirigiremos en la dirección señalada por los carteles cuya leyenda, una vez traducida, sea El Tochar. Debemos recordar que, hasta dicha propiedad, para no extraviarnos, no debemos pasar por la rueda ninguna otra población habitada, por muchas doncellas moras que puedan salirnos al encuentro.
Una vez a las puertas de esta Finca (el recorrido que la precede ya habrá bastado para estirar ambas piernas y sentir el sudor seco de por aquí), podremos optar, si no hay moros en la costa, por entrar a pie o arriesgarnos a hacerlo sin bajar del burro, sintiendo la emoción del peligro y el golpeteo trepidante (incrementado con la velocidad) del hierro al rojo betún. En cualquier caso, una vez dentro, seguiremos el curso del asfalto, procurando no acelerarnos tanto que perdamos el dominio de nuestro inseparable y apreciado artefacto rodador e insuflando nuestros pulmones con esencias florales y vegetales.
En menos que canta un gallo, llegaremos al Tochar urbanizado, bien situado y con sugestivas casetas de perro. No perdamos el tiempo buscando bodegas o posadas, que no las hay, y sigamos recto, por el centro, con absoluta normalidad, hasta abandonar la zona residencial y seguir descendiendo; momento en que deberemos extremar las precauciones, pues, aquí y allá, encontraremos algún que otro tramo, como de a metro, descascarillado y con algún cable suelto, que puede hacer peligrar nuestra estabilidad física y emocional.
Aprovechemos estos momentos para deleite de la vista, el oido y el olfato, algo atrofiados de tanto vivir en la ciudad (luces y sombras, trinos y murmullos, aromas y efluvios). Finalmente, tras recorrer la penumbrosa, pero agradable, zona boscosa colindante con el río, saldremos por la puerta abierta y, con suerte, sin guardias juradores armados. Para obtener una inmejorable visión de conjunto de este paraje, bajaremos al rio, aunque sea andando, por el camino (unos 150 m.); cruzaremos los puentes de madera que nos introducirán en la modesta aldea de Los Cárceles (Provincia de Albacete); continuaremos hacia la derecha, por su calle principal (esperando que no nos confundan con maleantes y asaltantes de caminos), hasta la carretera local, primer desvío a la izquierda; y ascenderemos un pequeño collado con rampas del 8% de interés.
Antes del punto cumbre, encontraremos un mirador con exquisitas visiones panorámicas de la primorosa y dulce ribera e interior de tierras valencianas. Destacada atención merece contemplar el inacabado puente ferroviario, a nuestra derecha, cual vestigio de una civilización pretérita; y las roturadas y fértiles tierras amamantadas por el cauce verdoso y serpenteante de las Hoces del Cabriel, que abunda de árboles frondosos: álamos (alabamus angelicus), chopos (alarchompinus povedinnus) y sauces (sauculentus scholanudus); además de juncos, cañaverales, zarzas, aliagas y morales.
Si siguiéramos avanzando durante 13 Kms. más (a través de la pintoresca "Manchuela"), llegaríamos a Villamalea (población en la que este humilde explorador dio sus primeros berridos); pero como nuestro propósito es conocer El Tochar, cuando nos hayamos hartado de contemplaciones, daremos media vuelta, bajaremos hasta el cauce fluvial (recreándonos con los terraplenes y peñascos), repasaremos los puentes sobre el río (¡guay!) y reentraremos por el disimulado acceso que ya conocemos; sintiéndonos, de repente, como transportados a otro mundo más intacto y apetecible.
La única precaución que debemos tomar a partir de ahora, y mientras sigamos en este "Templo de la Naturaleza", para no perder el rumbo o la integridad, es respetar las señales de dirección prohibida e indicadores de "Prohibido el Paso" (¡y hay bastantes!).
Con esta premisa bien presente, podemos continuar nuestro itinerario de retorno, disfrutando del paisaje montaraz y ensoñador: Durante más de un kilómetro volveremos a discurrir por las cercanías de la vía pecuaria, avistando, cada vez desde mayor altura, sus orillas inaccesibles y rumorosas, rodeados de pinos carrascos y arbustos indolentes. En un instante determinado, ya próximos al OK Corral, la carretera se empeñará en empinarse y retorcerse, ralentizándonos durante unos cuantos minutos; momento oportuno para calcular nuestro gasto energético máximo y dar a conocer la temperatura ambiental a más de uno.
La única posibilidad que tenemos de llenar el bidón, al llegar a la plazoleta, es disputar el agua a los patos o esperar que los automatismos de riego estén funcionando. Al abandonarla, entraremos en una recta con tendencia alcista y que pondrá a prueba nuestra capacidad visual para distinguir hormigas a baja altura, como ejercicio número uno.
Después, en un cruce, a nuestra izquierda, tendremos tiempo sobrado para intentar descifrar la inscripción (¡ilustrémonos!) de un monumento de estilo bélico y republicano, cuyo brazo en alto no debe detenernos; a no ser que sea el de un vigilante camuflado que quiera informarnos de nuestros derechos civiles. Cuando salgamos por la Puerta Grande, podremos aprovechar para hacer una parada y las necesidades que haya menester, pues el íntimo entorno, con sus sonidos envolventes y penetrantes, invita a ello. Las delicadas hojas de los árboles custodios pueden suplir al papel, si ha lugar.
A partir de ahora, después de haber ido de la Ceca a la Meca, será más difícil que nos perdamos, si evitamos comunicaciones que no nos conduzcan a Venta del Moro, pues todos los caminos van a Roma (empotrada entre Utiel y Requena).
Hasta profanar una cima medio carcomida, cota de máxima altitud (unos 800 metros), hay varios tramos duros, intercalados, sin bancos ni apeaderos, cuyos desniveles no suelen superar nunca el 11%; con vistas y contrastes que se suceden uno tras otro, agradablemente, amenizando la marcha y librándola de la monotonía. Después, el trayecto se volverá más favorable al deslizamiento, obligándonos a mantener la vista fija en el firme vertiginoso. Tarde o temprano, aparecerá el indicador de Casas de Moya, cuya entrada eludiremos; así como la de Casas del Rey, pues ni vamos de etiqueta ni tenemos invitación regia. Más tarde, un caserón, a nuestra zurda, nos confirmará que ya estamos cerca del sultanato de la media luna, cuya rampa de entrada aprovecharemos como promontorio para contar las cabezas y comprobar que no nos falta ninguna. Si tal es así, daremos por buena tan estimulante excursión y brindaremos con un buen vaso de vino tinto local, acompañado de tacos de jamón, longaniza de tinaja y tortillita de espárragos. ¡Buen apetito!
Notas: Ciertas denominaciones de este informe son fruto del azar, en evitación de acoso severo por parte de fuerzas adversas del magreb. Pido disculpas, anticipadamente, a quienes, pese a ello, puedan ser identificados y perseguidos en una "volata" de pasiones. Por último, agradezco a J.M.Puertes su aportación técnica y el eco de sus opiniones en Onda Cero.

Diego Tórtola